dijous, de novembre 30, 2006

La cebolla cruda y los hombres de mi abuela



Cuando yo era chiquita odiaba la cebolla. La cebolla cruda y la cebolla cocida. No sólo no me gustaba sino que me hacía mal.
Mi abuela, amante de esta raíz y esposa de un hombre, desconfiaba sistemáticamente de todo lo que le decían, incluso conmigo: a pesar de ser su nieta, pensaba que yo le mentía. Todo lo que le dijera era puesto en duda, incluso que no me gustaba la cebolla.

Cuando mi abuela era grande odiaba a los hombres. A todos los hombres. No sólo los odiaba sino que los quería matar.
Y yo, amante de ellos e hija de uno, intentaba con afán hacerla cambiar de opinión incluso a ella: a pesar de ser mi abuela, no la entendía. Todo lo que me decía me inquietaba, desde su insistencia para que coma cebolla hasta lo de los hombres.

Ahora que ella ha muerto, tengo un amante asesino y otro cocinero. No creo tener futuro con ninguno. Pero he sabido de un biólogo investigador de cultivos que intenta conseguir una nueva especie de cebolla: una que al abrirla no haga llorar.